Madurar para comprender las necesidades de la vida

Crecí en un hogar de profesores protestantes, por lo tanto, durante mis primeros años de primaria asistí a una escuela donde católicos y protestantes se educaban en el mismo edificio, pero en secciones separadas. Incluso había una pared en la mitad del patio, para que así los niños de las diferentes religiones no se mezclaran. Sin embargo, tener amigos muy cercanos que practicaban la fe católica me volvió consciente, desde mi muy temprana infancia, de la locura del sistema.

Mi padre era director, ornitólogo y líder del coro en la iglesia protestante local de Hunteburg. Sin embargo, poco después estudió biología y una discusión con un sacerdote local lo llevó a dejar de creer en Dios. Dejó el coro y se dedicó a sus estudios sobre lo que, según él, era la creación accidental o la evolución de la materia muerta para transformarse en materia viva.

Yo acompañé a mi padre en esta inclinación, ya que, al ver toda la locura de la Guerra de Vietnam en aquellos años, también comencé a sentir rabia por las injusticias que se cometían y me acerqué cada vez más a las juventudes socialistas. El Cristianismo en esos momentos era para mí, en el mejor de los casos, era un sistema social con demasiadas fallas como para merecer mi atención y qué decir de mi fe. Pero en el fondo, mi deseo de conocer algún día a un maestro verdadero como Jesús seguía vivo.
Las cosas cambiaron para mí cuando leí Lao Tse – Tao Te King. Sentí que la trascendencia me estaba hablando y que de esta manera estaba logrando que los asuntos materiales me parecieran muy insignificantes. Además, la naturaleza oportunista del ambiente político me parecía realmente asquerosa.

¿Hacia dónde debía dirigirme ahora? Sentí una atracción intuitiva por los monjes Budistas, las cuerdas y las montañas, como si recordara alguna vida anterior. Así que leí algunas cosas e inmediatamente sentí la identidad de un buscador de verdad, pero sin tener idea, a mis dieciséis años, de dónde debía ir a estudiar más acerca de estas tradiciones Budistas. Comencé a relacionarme con hippies y a escuchar acerca de diferentes maestros espirituales de la India que estaban llegando a occidente a instruirnos.

Luego de esto me encontré con el Advaita Vedanta, que es una parte de lo que se conoce como Hinduismo y que plantea que estamos completamente solos. Esta idea no me dio ningún indicio de la verdad acerca de cómo debíamos vivir en este mundo, servir y meditar. Por lo tanto, lo que se conocía como Hinduismo correspondía más bien un término geográfico y etno-político. Aquellos considerados hindúes varían desde algunos devotos fervientes de amor monoteísta hacia Dios, a creyentes monistas que no aceptan la individualidad eterna ni tampoco a un creador individual. Y entre esos dos extremos existen muchas otras ideas diferentes.

Supe que un extraño yogui había abierto un ashram cerca de la casa de mis padres. Yo en ese entonces ya me sentía ansioso de conocer a mi maestro espiritual. Mis esfuerzos anteriores por conocer a Maharishi y a Omkarananda no tuvieron resultado, ya que yo no tenía dinero, lo que era un requisito para poder tener un encuentro exitoso con ellos. Por lo tanto, fui a ese ashram en Appelhuelsen, esperando aprender yoga y filosofía trascendental.
La vida austera del ashram me enseñó a practicar tapasya y así un día encontré el Bhagavad Gita en la biblioteca, pero pronto descubrí que este yogui estaba haciendo exactamente lo contrario de lo que predicaba. Él tampoco creía en un creador consciente. Como muchos, él hablaba de los Vedas, pero en realidad sabía muy poco del amor por Dios. Vivir en el ashram, entre yoguis, me volvió consciente de la lucha por la cordura que estaba presente en todas las creencias religiosas. La violencia contra los animales y contra los demás seres humanos, además de la vida entre tantas mentiras eran los síntomas de aquellos cuya bondad natural había sido cubierta por las pasiones y la ignorancia.

Mi fe estaba aumentando, pero me di cuenta claramente de que para poder ayudar a otros a conocer los valores que encerraban algunos códigos morales básicos, en primer lugar la gente necesitaba un nuevo entendimiento. Los dones espirituales místicos habían sido poseídos por las instituciones religiosas que profesaban seguir alguna tradición mística, pero que en realidad estaban llenas de dogmatismo, prejuicios, sectarismo, etc.
Debido a que yo ya había experimentado el agnosticismo, me di cuenta de que necesitaba ir a la raíz, para poder así sentir la integridad de mi alma y para merecer encontrar la verdad, ya fuera cristiana, laosiana, budista, ahora hindú, o mejor dicho, como aspirante a devoto de la verdad.

Mi maestro espiritual, a quien finalmente conocí en 1972 en París, donde también recibí la iniciación, me hizo la vida más fácil. Me enseñó la gran responsabilidad que todos nosotros tenemos de cada una de nuestras palabras y actos. Me mostró cómo la fe puede curarme y eliminar mis dudas para seguir mi camino con todo el corazón y hasta el final. Por sobre todo, él hizo que para mí y para otras almas nuestra responsabilidad en el viaje a través de los diferentes cuerpos fuera claramente una experiencia de aprendizaje positiva.

Él me hizo entender tanto las enseñanzas de Jesús como las de Buda y fue así que pude ver cómo desaparecía la religión mística desde el momento en que aparecían otros intereses más bajos. De esta manera los muchos socialistas, hippies y agnósticos que conocí, con frecuencia perdidos en las drogas y sin esperanza alguna, me hicieron sentir en mi mente la necesidad de encontrar una síntesis donde el racionalismo no pudiera negar el valor de la revelación mística, la voz interna y la fe, para que así ellos no expulsaran más al bebé por el agua de la bañera, sino que descubrieran nuestro origen, con asombro y encanto.

Todo esto ocurrió de la misma manera en que, durante los años que pasé en Sudamérica, aprendí a sentir un amor profundo y un enorme respeto por las culturas indígenas, a pesar de la limitada información que tenemos acerca del glorioso pasado de estas culturas tan elevadas. Por esta razón, pude observar que los paralelos entre estas culturas y el respeto que existe en el sistema védico Hindú por la madre naturaleza eran muy claros. Si alguien duda de la existencia personal de Dios, aún así puede ser agradecido con nuestra Madre Tierra y Madre Naturaleza y así desarrollar amor universal por todos.

Tratar de hacer revelaciones o interpretaciones acerca de la naturaleza de Dios, Su Nombre, Su Personalidad o Sus diversas Energías, acerca de la forma en que Se Le adora, o tratar de explicar la razón que pueda haber detrás de cualquier conflicto agresivo verbal o físico es la cosa más ridícula que podría existir. Es obvio que el protagonista de un conflicto como tal no tiene motivación espiritual alguna, ni una meta espiritual y menos aún posee algo de entendimiento. Por ejemplo, si un misionero predica amor divino y al mismo tiempo mantiene actitudes de opresión o intimidación con respecto a la fe de otros pueblos, eso es simplemente la contradicción más grande que podríamos encontrar. Cuando surgen tales situaciones, la influencia sanadora que tenía una tradición mística para la gente que la practicaba se termina perdiendo por completo.

En mis años de conferencista sobre la cultura Védica conocí personas de todas las religiones. También tuve la oportunidad, como secretario de la Organización General Vaishnava, de asistir a dos parlamentos mundiales de la religión, donde sentí muy profundamente la necesidad de que se creara un lenguaje científico para comunicarnos. ¿Qué otra cosa podría ser mejor para lograr ese objetivo sino el área científica donde se curan los sufrimientos de la gente? Me refiero a un sistema de sanación que pudiese ser aplicado con éxito en cualquier tradición mística verdadera.

Swami Paramadvaiti, Fundador de la Oidaterapia

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El objetivo principal de la Oidaterapia es lograr que los seres humanos seamos felices, equilibrados, amorosos y saludables a través del encuentro con nuestra fe sanadora.

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